Fragmentos de Ana Psycho rellenaban la villa. En algunos casos, nunca conocería la existencia de sus 'alter ego'. Quizás uno de los fragmentos más curiosos, era Ana-chin. Una espadachín samurai con un extravagante casco que desprendía sonidos extraños cuando respiraba. Su sable, cubierto de flores en acuarela, sembraba tulipanes variocolores allí donde su filo cortaba. Tenía un bello jardín a las afueras de Psychoville, pero aquellos que pasaban por él, solían sentir nostalgia al ver el color intenso de las flores. Nadie conocía con exactitud el rostro que ocultaba la peculiar máscara, pero susurros contaban que tras ella, se encontraba una bella y taciturna mujer de ojos rasgados y pequeñas flores de cerezo en lugar de pestañas.
“Mira la ciudad en la majestuosidad de sus luminarias. Observa, acá mejor que en otro lugar, la primera y más antigua de nuestras luchas como humanidad. Sí, Rebe, humanidad. Hoy estamos rodeados de especies y seres que hace siglos o incluso décadas consideraríamos solo existentes como parte de un retorcido libro de fantasías terroríficas. Ellos también son humanidad, porque son parte de nuestra lucha ¿Sabes por qué son nuestros aliados? Porque temen a lo mismo que nosotros, a su manera. Solo tienes que ver, abre los ojos. Hallarás la ciudad, enorme frente al concierto lumínico, de sonidos y de podrido olor. La más grande del mundo. Pero ahora vislumbra tu alrededor. Verás contra qué luchamos, verás a nuestro enemigo primigenio y, solo así, comprenderás que no hay manera de vencerlo. Es la oscuridad, Rebe”. El muchacho -hoy sintiéndose por primera vez en muchos años tan joven como su edad biológica marcaba-, reti...
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