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Fragmentos 7

 

El negro de la noche continuó expandiéndose a través de todas las direcciones, porque su reino, normalmente, envolvía todo lo que la luz no alcanzase a tocar. Ocasionalmente, y con algo de magia involucrada, incluso el candil más capaz o la luz de un faro en el mar eran incapaces de disolver la oscuridad. Para aquel que hubiese sido bendecido con una observación divina, podría percatarse de cómo, una a una, las luciérnagas dejaban de brindar su luz. Esa persona, presumiblemente capaz de percibir el letargo de aquellos insectos, con seguridad atisbaría que la causa no era producto anodino de la casualidad. Porque nada lo es. Pero había algo más. Si esa persona bendita también contase con los conocimientos correctos, sabría que las luciérnagas se apagaban una tras otra como si se les hubiese solicitado o, ya puestos, dirigido a ello. Pero como toda persona sabia, habría desestimado dicha teoría, porque todo el que lo haya estudiado, sabría sin duda que las luciérnagas no son gobernadas por un director. Como suele ocurrir, esa distinguida persona estaría, por supuesto, irremediablemente equivocada. Alguien estaba dirigiendo a las luciérnagas según su capricho. No era un sujeto al que considerarían académico en ninguna universidad. No se trataba de alguien que tuviese los conocimientos correctos. Al contrario, cargaba en sus hombros con una pila insoportable de todos los conocimientos incorrectos recopilados a lo largo de toda una vida. Irónicamente, entre todas esas teorías absurdas y equivocadas, resultaba encontrarse La Verdad.

            Y la oscuridad se adueñó el bosque.

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