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Fragmentos 5

 

Dice una vieja historia que la última dama del mundo, antes de desaparecer, festejó y celebró por ella y sus hermanas extintas en una danza cálida, agitada e intrépida; despidió los exiguos retazos de consciencia que, al compás de su baile, se desperdigaban en la memoria eterna e indómita del bosque. Había júbilo en sus pasos, pero también furia. Nunca se había sentido tan viva hasta que le tocó morir. Muchos son quienes creen que ese hermoso y furibundo baile capturó el tormento de la mortalidad, y que los finales destellos de su consciencia produjeron agresivos brotes de la fértil tierra, en éxtasis por el espectáculo. Y para la dama, que tras siglos en el bosque se acostumbró al verde pacífico de su nombre, atestiguó por primera vez el rojo ardiente de las nuevas flores. Sus lágrimas etéreas rociaron el jardín y, como la última gota de luz en el claro, murió.

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