Dice una vieja historia que la última
dama del mundo, antes de desaparecer, festejó y celebró por ella y sus hermanas
extintas en una danza cálida, agitada e intrépida; despidió los exiguos retazos
de consciencia que, al compás de su baile, se desperdigaban en la memoria
eterna e indómita del bosque. Había júbilo en sus pasos, pero también furia.
Nunca se había sentido tan viva hasta que le tocó morir. Muchos son quienes
creen que ese hermoso y furibundo baile capturó el tormento de la mortalidad, y
que los finales destellos de su consciencia produjeron agresivos brotes de la
fértil tierra, en éxtasis por el espectáculo. Y para la dama, que tras siglos
en el bosque se acostumbró al verde pacífico de su nombre, atestiguó por
primera vez el rojo ardiente de las nuevas flores. Sus lágrimas etéreas
rociaron el jardín y, como la última gota de luz en el claro, murió.
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