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Fragmentos 9

 

Abrió los ojos. Su alrededor era distinto. Fue lo primero que notó, y hacerlo resultaba fácil pues antes todo lo que había era nada. Oscuridad que ahora rellenaban débiles haces de luz blanquecina. A su mente llegó el recuerdo de una palabra, vista en los confines de una historia que no alcanzaba a recordar: «etéreas». Sí, eso serviría para las luces. Sentía que todos sus sentidos se rendían ante la pulcra belleza del mundo que lo rodeaba. El bosque lucía igual, pero totalmente diferente. No podía ser el mismo sitio, algo había cambiado. El aire era tan… puro. Esa pesadez mortecina y aquella oscuridad lóbrega pertenecían al pasado; cercano, sí. Tan cercano como anoche, pero indescriptiblemente, cada fibra de su alma le explicaba que aquello no era cosa de unas horas de sueño. Regresó de su ensoñación, buscó a su maestro. Nada. Ni rastro del gran oso anciano. Cualquiera de las bolsas desprolijamente dejadas en el suelo formaban coro entre los ausentes. «Algo no está bien» Se dijo Oso. ¿Era alguna clase de prueba? Gred no sería la clase de maestro que te abandonaba en un bosque tan… único, sin el menor aviso o alguna advertencia, ¿verdad? No sintió más que la pérdida de cualquier esperanza ante tal cuestionamiento. Gred definitivamente sería capaz de dejarlo en medio de la nada, que en este caso era un precioso bosque sin fin.

Los matorrales se movían, Oso obtuvo paz de esto. Al menos una cosa seguía igual que antes de dormirse. Volvió a girarse hasta dar con una estrecha zona donde las raíces y los matorrales brindaban espacio suficiente para intentar caminar por ella. Justo en la entrada del sendero, cuidadosamente guindado, se encontraba un candil encendido. «Vale, un misterio más a la lista. Al menos ahora es seguro que Gred está detrás de este brillante escenario. No tengo la menor idea de cómo lo habrá hecho, pero tampoco me sirve dudar de ello» Caviló el joven, intentando incorporarse con ánimos al asunto. Le gustaba el misterio y hoy era un nuevo día. Cogió el candil, la rama se desprendió grácilmente del árbol y la luz interior parpadeó. Oso reparó un instante en ella y fue suficiente para perder el dominio de sus patas.

El zorro blanco lo miraba directamente a los ojos. Su pelaje inmaculado centelleaba en las paredes cristalinas del candil. Estaba quieto salvo un parpadeo intermitente que apagaba su brillo. Oso no daba crédito a lo que veía. Dentro del candil se hallaba, diminuto, el animal más hermoso e imponente que su memoria atisbase a recordar. Mientras sus piernas no contestaban, hurgó en las voces de los libros, repasó todo y cuanto conocía, algo debía ayudarlo. Dudaba que Yerrick, su padre o Irvein el panda le hubiesen hecho frente a algo así, nada de eso podía rescatarlo. Se rindió. El zorro aún le miraba fijamente. Parpadeó y el candil dejó de brillar. Oso continuaba viéndolo, pues la luz del bosque bastaba para divisarlo. Era una luz etérea, como se había dicho hace rato, similar al momento en que está por caer la noche, pero aún se percibe la luz del sol y todo se difumina. Hay luz, pero distingues poca cosa. Era esa clase de luz. Etérea.

Fijada su atención en el zorro dentro del candil, este abrió los ojos nuevamente, pero dentro del cristal no hubo brillo esta vez. El grácil animal hizo su primer movimiento, bostezó. Eso, sin poder explicar por qué, alivianó un poco el miedo de Oso. Entonces miró el zorro al cristal del candil y arremetió contra él en una simple embestida. La quijada de Oso murió y cayó sin remedio, dejando una interpretación bastante buena de sorpresa genuina en su rostro, sobre todo por lo que ocurrió. Ya en aquellas instancias nada venía siendo normal, el significado de tal palabra habría desaparecido de cualquier diccionario que Oso figurativamente pudiese consultar. Pero volviendo al evento, el zorro embistió con elegancia al candil que había sido su hogar hasta ese momento, pero el cristal no se quebró. Aún sostenido por Oso, se agitó al tiempo en que el zorro se convertía en una nube de polvo blanco brillante que, en principio informe, adquirió una masa circular y, como guiado por una apacible brisa, se condujo suavemente como una línea blanca hasta la zona más elevada del sendero que Oso previamente dispuso transitar. Allí, tras un centelleante brillo que cegó por un instante al muchacho, se encontraba nuevamente el refinado zorro blanco en sus cuatro patas, tan majestuoso como podía dignificarlo el escenario, lo cual era bastante.

Ahí estaba, la distancia que los separaba solo añadía solemnidad a la situación. El zorro solo agitaba su cola levemente. Una de sus patas delanteras se despegó del suelo. Y permaneció inmóvil en esa posición, similar a la de los corceles de las épicas historias humanas de uno de los libros de Gred. De pronto, ya no había luz. El brillo se extinguió del universo que era el sendero del bosque. Seguía viendo al zorro majestuoso, impertérrito en su pose. Pero ahora su figura no tenía acompañamiento alguno, regresó la nada. La oscuridad lo cubría todo, Oso se mareó ante la sensación de estar de pie sobre el vacío, pero no alejó sus ojos de los del zorro. Había una fuerza hipnótica en ellos que lo atraía. No podía resistirse y, a decir verdad, tampoco quería. La oscuridad no era simple negro, alcanzó a vislumbrar. Tenía diferentes matices que circundaban al zorro. Se trataba de un efecto similar al que tiene un cristal fracturado que aún no se desmorona; cuando la luz pasa por él, alcanzas a ver algunos colores como los del arcoíris. Gred le había explicado que tales colores no eran más que la composición de la luz, como si la dividieses y mirases sus partes, una por una. El negro absoluto dominaba cada espacio lejano al zorro, pero conforme se acercaba, tornaba en colores, colores oscuros, ciertamente, pero no eran negros. Estaba un anillo de púrpura, luego algo que podría ser el azul de la profundidad de un río, un rojo de fuego muerto, o más bien, un rojo que nunca había visto llama alguna y hacía lo posible con su imaginación. Luego, un gris opaco rodeaba al zorro que era, naturalmente, el blanco final. Oso recapacitó un instante en la figura poética de lo que presenciaba, pero justo entonces, el zorro desapareció y el negro absoluto dominó la estancia.

Oso estaba desorientado, vacilante entre intentar moverse o mantenerse quieto. Sentíase flotar, y le preocupaba su incapacidad total de emitir algún sonido. Quería cerrar los ojos y despertar de lo que tenía que ser sin ninguna duda un sueño pesado. Seguramente habría sido la carne seca el causante de toda esta alucinación. Mientras internamente maldecía a los bisontes del mundo, un par de ojos enormes y destellantes se presentaron ante él. Su quijada murió otra vez. El naranja de las enormes pupilas centelleaba entre el reino de la oscuridad. Reconocía esos ojos, sí. Era el zorro. ¿Quién si no? Los ojos le miraban el alma, le quemaban la piel. Solo podía mantener la mirada porque le era imposible apartarla. Una fuerza mayor lo dominaba. Se escuchó un retumbar, una voz fina rellenó todo el espacio. Oso no descifró lo que decía, pero las palabras quedaron grabadas a fuego en su cabeza.

Sikdar itvust Grimbos est.

Despertó.

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