Abrió los ojos. Su alrededor era
distinto. Fue lo primero que notó, y hacerlo resultaba fácil pues antes todo lo
que había era nada. Oscuridad que ahora rellenaban débiles haces de luz
blanquecina. A su mente llegó el recuerdo de una palabra, vista en los confines
de una historia que no alcanzaba a recordar: «etéreas». Sí, eso serviría para
las luces. Sentía que todos sus sentidos se rendían ante la pulcra belleza del
mundo que lo rodeaba. El bosque lucía igual, pero totalmente diferente. No
podía ser el mismo sitio, algo había cambiado. El aire era tan… puro. Esa
pesadez mortecina y aquella oscuridad lóbrega pertenecían al pasado; cercano,
sí. Tan cercano como anoche, pero indescriptiblemente, cada fibra de su alma le
explicaba que aquello no era cosa de unas horas de sueño. Regresó de su
ensoñación, buscó a su maestro. Nada. Ni rastro del gran oso anciano. Cualquiera
de las bolsas desprolijamente dejadas en el suelo formaban coro entre los
ausentes. «Algo no está bien» Se dijo Oso. ¿Era alguna clase de prueba? Gred no sería la clase de maestro que te abandonaba en un bosque tan… único, sin el
menor aviso o alguna advertencia, ¿verdad? No sintió más que la pérdida de
cualquier esperanza ante tal cuestionamiento. Gred definitivamente sería capaz
de dejarlo en medio de la nada, que en este caso era un precioso bosque sin
fin.
Los matorrales se movían, Oso obtuvo
paz de esto. Al menos una cosa seguía igual que antes de dormirse. Volvió a
girarse hasta dar con una estrecha zona donde las raíces y los matorrales
brindaban espacio suficiente para intentar caminar por ella. Justo en la
entrada del sendero, cuidadosamente guindado, se encontraba un candil
encendido. «Vale, un misterio más a la lista. Al menos ahora es seguro que
Gred está detrás de este brillante escenario. No tengo la menor idea de cómo
lo habrá hecho, pero tampoco me sirve dudar de ello» Caviló el joven,
intentando incorporarse con ánimos al asunto. Le gustaba el misterio y hoy era
un nuevo día. Cogió el candil, la rama se desprendió grácilmente del árbol y la
luz interior parpadeó. Oso reparó un instante en ella y fue suficiente para
perder el dominio de sus patas.
El zorro blanco lo miraba
directamente a los ojos. Su pelaje inmaculado centelleaba en las paredes
cristalinas del candil. Estaba quieto salvo un parpadeo intermitente que
apagaba su brillo. Oso no daba crédito a lo que veía. Dentro del candil se hallaba,
diminuto, el animal más hermoso e imponente que su memoria atisbase a recordar.
Mientras sus piernas no contestaban, hurgó en las voces de los libros, repasó
todo y cuanto conocía, algo debía ayudarlo. Dudaba que Yerrick, su padre o Irvein el panda le hubiesen hecho frente
a algo así, nada de eso podía rescatarlo. Se rindió. El zorro aún le miraba
fijamente. Parpadeó y el candil dejó de brillar. Oso continuaba viéndolo, pues
la luz del bosque bastaba para divisarlo. Era una luz etérea, como se había dicho
hace rato, similar al momento en que está por caer la noche, pero aún se
percibe la luz del sol y todo se difumina. Hay luz, pero distingues poca cosa.
Era esa clase de luz. Etérea.
Fijada su atención en el zorro dentro
del candil, este abrió los ojos nuevamente, pero dentro del cristal no hubo
brillo esta vez. El grácil animal hizo su primer movimiento, bostezó. Eso, sin
poder explicar por qué, alivianó un poco el miedo de Oso. Entonces miró el
zorro al cristal del candil y arremetió contra él en una simple embestida. La
quijada de Oso murió y cayó sin remedio, dejando una interpretación bastante
buena de sorpresa genuina en su rostro, sobre todo por lo que ocurrió. Ya en
aquellas instancias nada venía siendo normal, el significado de tal palabra
habría desaparecido de cualquier diccionario que Oso figurativamente pudiese
consultar. Pero volviendo al evento, el zorro embistió con elegancia al candil
que había sido su hogar hasta ese momento, pero el cristal no se quebró. Aún
sostenido por Oso, se agitó al tiempo en que el zorro se convertía en una nube
de polvo blanco brillante que, en principio informe, adquirió una masa circular
y, como guiado por una apacible brisa, se condujo suavemente como una línea
blanca hasta la zona más elevada del sendero que Oso previamente dispuso
transitar. Allí, tras un centelleante brillo que cegó por un instante al
muchacho, se encontraba nuevamente el refinado zorro blanco en sus cuatro
patas, tan majestuoso como podía dignificarlo el escenario, lo cual era
bastante.
Ahí estaba, la distancia que los
separaba solo añadía solemnidad a la situación. El zorro solo agitaba su cola
levemente. Una de sus patas delanteras se despegó del suelo. Y permaneció
inmóvil en esa posición, similar a la de los corceles de las épicas historias
humanas de uno de los libros de Gred. De pronto, ya no había luz. El brillo se
extinguió del universo que era el sendero del bosque. Seguía viendo al zorro
majestuoso, impertérrito en su pose. Pero ahora su figura no tenía
acompañamiento alguno, regresó la nada. La oscuridad lo cubría todo, Oso se
mareó ante la sensación de estar de pie sobre el vacío, pero no alejó sus ojos
de los del zorro. Había una fuerza hipnótica en ellos que lo atraía. No podía
resistirse y, a decir verdad, tampoco quería. La oscuridad no era simple negro,
alcanzó a vislumbrar. Tenía diferentes matices que circundaban al zorro. Se
trataba de un efecto similar al que tiene un cristal fracturado que aún no se
desmorona; cuando la luz pasa por él, alcanzas a ver algunos colores como los
del arcoíris. Gred le había explicado que tales colores no eran más que la
composición de la luz, como si la dividieses y mirases sus partes, una por una.
El negro absoluto dominaba cada espacio lejano al zorro, pero conforme se
acercaba, tornaba en colores, colores oscuros, ciertamente, pero no eran
negros. Estaba un anillo de púrpura, luego algo que podría ser el azul de la
profundidad de un río, un rojo de fuego muerto, o más bien, un rojo que nunca
había visto llama alguna y hacía lo posible con su imaginación. Luego, un gris
opaco rodeaba al zorro que era, naturalmente, el blanco final. Oso recapacitó
un instante en la figura poética de lo que presenciaba, pero justo entonces, el
zorro desapareció y el negro absoluto dominó la estancia.
Oso estaba desorientado, vacilante
entre intentar moverse o mantenerse quieto. Sentíase flotar, y le preocupaba su
incapacidad total de emitir algún sonido. Quería cerrar los ojos y despertar de
lo que tenía que ser sin ninguna duda un sueño pesado. Seguramente habría sido
la carne seca el causante de toda esta alucinación. Mientras internamente
maldecía a los bisontes del mundo, un par de ojos enormes y destellantes se presentaron
ante él. Su quijada murió otra vez. El naranja de las enormes pupilas
centelleaba entre el reino de la oscuridad. Reconocía esos ojos, sí. Era el
zorro. ¿Quién si no? Los ojos le miraban el alma, le quemaban la piel. Solo
podía mantener la mirada porque le era imposible apartarla. Una fuerza mayor lo
dominaba. Se escuchó un retumbar, una voz fina rellenó todo el espacio. Oso no
descifró lo que decía, pero las palabras quedaron grabadas a fuego en su
cabeza.
Sikdar itvust Grimbos est.
Despertó.
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